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Los ojos culpables - Ah’med Ech Chiruani

Cuentan que un hombre compró a una muchacha por cuatro mil denarios. Un día la miró y se echó a llorar. La muchacha le preguntó por qué lloraba; él respondió: “Tienes tan bellos los ojos, que me olvido de adorar a Dios.”
   Cuando quedó sola, la muchacha se arrancó los ojos. Al verla en ese estado, el hombre se afligió y le dijo: “¿Por qué te has maltratado así? Has disminuido tu valor.”
   Ella respondió: “No quiero que haya nada en mí que te aparte de adorar a Dios.”
   A la noche, el hombre oyó en sueños una voz que le decía: «La muchacha disminuyó su valor para ti, pero la aumentó para nosotros y te la hemos tomado». Al despertar, encontró cuatro mil denarios bajo la almohada.

   La muchacha estaba muerta.



Los ojos culpables - de Ah’med Ech Chiruani
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Historia verídica - Julio Cortázar

A un señor se le caen al suelo los anteojos, que hacen un ruido terrible al chocar con las baldosas. El señor se agacha afligidísimo porque los cristales de anteojos cuestan muy caros, pero descubre con asombro que por milagro no se le han roto.
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El enemigo – Miguel Alfonseca

     Este hombre había muerto en silencio, con los ojos violetas por el crepúsculo, cada vez más tieso el puño izquierdo cerca de la pared cribada por las balas. Ninguno se atrevió a tocarlo – ni siquiera Sara- porque sentíamos su odio a pesar de haber muerto. Sentíamos odio vivía, que dormía tan sólo, en su cuerpo derribado, ensangrentado por nuestras armas. Había gravitado demasiado sobre nuestras vidas para terminar tan fácilmente, con sólo un charco de sangre en el asfalto mojado por la lluvia de primavera.
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Coyote mata a un gigante - Navajo

Coyote estaba caminado un día cuando conoció a la vieja. Ella lo saludó y le preguntó a dónde se dirigía.

“Sólo está deambulando” -dijo Coyote-.

Será mejor que dejes de hacerlo, o te encontrarás con un gigante que mata a todo el mundo.
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La mancha indeleble - Juan Bosch

Todos los que habían cruzado la puerta antes que yo habían entregado sus cabezas, y yo las veía colocadas en una larga hilera de vitrinas que estaban adosadas a la pared de enfrente. Seguramente en esas vitrinas no entraba aire contaminado, pues las cabezas se conservaban en forma admirable, casi como si estuvieran vivas, aunque les faltaba el flujo de la sangre bajo la piel. Debo confesar que el espectáculo me produjo un miedo súbito e intenso. Durante cierto tiempo me sentí paralizado por el terror. Pero era el caso que aún incapacitado para pensar y para actuar, yo estaba allí: había pasado el umbral y tenía que entregar mi cabeza. Nadie podría evitarme esa macabra experiencia.