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Había una vez - MARGARET ATWOOD

─Había una vez una niña pobre, buena como era de hermosa, quien vivía con su cruel madrastra en una casa en el bosque.

─ ¿Bosque? El bosque es atrasado,  quiero decir, he tenido suficiente de las cosas salvajes. No es una imagen acorde a nuestra sociedad de hoy. Para cambiar digamos que es algo urbano.

─ Había una vez una niña pobre, buena como era de hermosa, quien vivía con su cruel madrastra en una casa en los suburbios.

─Eso está mejor. Pero tengo que poner en duda seriamente la palabra pobre.

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Catatonico - Virgilio Díaz Grullón

Encogió los hombros y las piernas apretando los codos contra los costados y cerró los puños adoptando la postura que aprendiera cuando niño de Paulino Uzcudún sintiéndose ahora invulnerable a cualquier ataque viniera de donde viniera ya de un puño disparado ya de una bota agresiva o de las melifluas frases proferidas por esa boca que se abría y cerraba y se movía lateralmente y de abajo hacia arriba frente a él dejando escapar las palabras como insectos asustados a través de la abertura que enmarcaban los labios temblones y que volaban en línea recta hacía el muro impenetrable que había construido con sus brazos y muslos petrificados protegiéndole el pecho y el estómago y las mejillas y sobre todo las orejas donde zumbaban las palabras antes de chocar contra su frente y caer desarticuladas en sílabas quebrándose después en letras menudas al encuentro con el duro suelo del hospital permaneciendo amontonadas unas sobre otras como muertas mariposas nocturnas vencidas por el día y que disimuladamente él fue empujando con el pie bajo la silla desde donde observaba impertérrito el sordo empeño del hombre de la bata blanca de acribillarlo con su espesa andanada de palabras que cada vez fueron saliendo de su boca con mayor rapidez hasta superar su capacidad de ocultarlas por lo que el montón fue creciendo en el piso forzándolo a abandonar el intento de esconderlo bajo la silla y resignándolo a observar indiferente como se elevaba sobre el suelo la pila de palabras desmembradas que fue inexorablemente alcanzando la altura del hombre de la bata blanca trepando primero minuciosamente por sus piernas ocupando después las caderas y el pecho y luego invadiendo tenazmente el contorno de la cabeza hasta cubrir todo el cuerpo arropándolo por completo y sumergiendo y ahogando bajo una hirviente masa negruzca la voz meliflua cuyo sonido fue sobrepasado entonces por el apagado y múltiple murmullo satisfecho del enjambre de diminutos signos alfabéticos degustando bocado a bocado el pellejo y los músculos y huesos y cartílagos en un feroz ataque antropofágico que él observó inmerso en su neutralidad impávida hasta que del hombre sólo quedó la arrugada bata blinca sobre el suelo como una humillada bandera en derrota mientras se producía la desbandada total de las letras que fueron encontrando una a una las grietas escondidas del piso y las paredes y desapareciendo por ellas con apresurada impaciencia de hormigas atolondradas dejando sólo en la habitación al vencedor que estiró las piernas arqueando el torso y alzó las manos entrelazadas por encima de la cabeza porque este round lo había ganado él y podía ahora bajar la guardia hasta el momento en que una nueva cometida de palabras entrometidas despertara otra vez la compulsiva necesidad de proteger a toda costa su intimidad 'amenazada obligándolo a remedar de nuevo la defensa de uzcudún y repetir su victoria y entonces volver a esperar con la misma vigilancia pasiva pero alerta cualquier otro intento de conturbar la infinita paz que había conquistado a través de tantos sacrificios y a la que jamás renunciará no importa qué.

Virgilio Díaz Grullón, Dominicano.
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El corcho sobre el río – Virgilio Díaz Grullón

Apenas transcurrió ese espacio de tiempo –sin medida ni definición posibles- que sucede al instante preciso de despertar, y durante el cual parece que recogemos los trozos dispersos de nuestra mente y los unimos con rapidez mágica para formar de golpe el rompecabezas de nuestro mundo consciente; tan pronto se sintió vivo una vez más y recordó que se llamaba Luis Almovar, y se le reveló que justamente amanecía el día doce de julio saltó de la cama y caminó con decisión hacia el lavabo que se levantaba en un rincón de la estancia. No fue sino después de haberse salpicado la cara con agua fresca, y mientras buscabas a tientas la colgada a su lado, cuando reparó, a través de los ojos entrecerrados, en el sobre blanco que reposaba en suelo, junto a la puerta cerrada de la habitación.
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La desgracia - Juan Bosch

         El viejo Nicasio no acaba de hallarse a gusto con el aspecto de la mañana. Mala cosa era coger el camino a pie y que le cayera arriba el aguacero y se botara el río y se llenara de lodo la vereda del conuco.
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El sedicioso - Virgilio Díaz Grullón

Lo trajeron engrillado y con escolta escolta a la hora en que el capitán Núñez solía descansar su sueñito cotidiano en el patio de la fortaleza, a la sombra de los muros que se levantaban a ambos lados del enorme portón que daba acceso al recinto.